El chino me dijo “Vamos, te invito un cigarro.” Con su cara de perdido, nostálgico, serio, pero con esa pizca de felicidad que lo caracteriza.
Jamás hubiera podido rechazar esa propuesta y mucho menos rechazársela a él.
Entonces, busqué mis llaves, una bufanda, porque el viento nos quería llevar consigo, y salimos.
Caminamos, cruzamos el parque, y llegamos a la bodega.
“Me da dos cigarros por favor.”
“Oye, no se suponía que ya no fumabas, chino?”
“ Es que no puedo, ahorita es mi examen y si no entro esta vez, mis
papás me van a botar.”
“¡Ay chino! Pero es injusto, si lo que tú quieres es estudiar historia
y la rompes…Yo en tu lugar me escaparía, no sé, haría cualquier
cosa…”
“Es fácil decirlo, chata”
Estábamos sentados en un murito, al lado de la bodega, terminamos nuestros cigarros casi al mismo tiempo. El cielo estaba muy gris y eso me daba más ganas de molestarlo.
“¡Chino samurái!”
“Chata, me gustaría vivir en Lima…Odio Chaclacayo.
Odio tener que levantarme a las cinco de la mañana,
tomar tres combis…”
“¿Y ya no te vas a mudar?”
“No, mis papás ya no quieren, es porque no me tienen confianza…
¿Oye, otro cigarro?”
Le sonreí y el chino entendió.
“Ahora sí, Montana nomás, porque esto es para mi pasaje…”
9/09/08
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