Siempre guardaba pepas de eucaliptos y hojas secas en el bolsillo, caminaba cantando y de sus dedos crecían flores. Dejaba un rastro, un olor a menta.
Cuando salía, la luna lo perseguía por las calles azules de la ciudad de la furia. Buscaba el fuego en el otro bolsillo, el cigarrillo siempre iba durmiendo en su oreja. Matías pensaba que tal vez esa noche sería diferente, que cuando mirase al cielo, como el ritual de cada noche, encontraría algo más. Verlas sin saber si viven o mueren, lo ponía de mal humor.
Era 23 de septiembre. Se sentó cerca del árbol. Aquel al que solía trepar de chico, pensando que algún día podría rozar las estrellas con la punta del índice. Toda la fantasía de ser un niño volaba alrededor suyo y terminaba condensada en el aire. De pronto escuchó unos pasos, no quiso voltear. Imaginó una melodía hermosa con el ritmo de aquellos pasos que crujían en tonos naranjas, cada vez más fuerte y de repente un silencio de redonda y una chica sentada a su lado. Tenía el cabello largo y de mil atardeceres, la piel de porcelana y sus ojos eran la noche más brillante para cualquiera que cayera atrapado en ellos.
9/09/08
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