| Como si de la luz naciera el agua, Como queriendo partir, Ella, cae sobre la calle muda. Dulce. Cerveza en mis labios. Y gotas grises iluminadas por un poste naranja. Ríe. Rozando, como una gata, el silencio. Y en sus ojos, una fugaz emoción. Colorea la noche, Una sola chispa, Como si de mi canto naciera la luz. |
11/09/08
Llovizna de invierno II - Antonio Castañeda
Llovizna de invierno - Antonio Castañeda
| Cuando caiga la primera llovizna de invierno, Besaré lo más alto de tu sonrisa. Y en el húmedo cielo de mis ojos Una O dos gotas Del transparente colirio De tu alma. |
9/09/08
Bolsillos de amor - Camila Castañeda
Siempre guardaba pepas de eucaliptos y hojas secas en el bolsillo, caminaba cantando y de sus dedos crecían flores. Dejaba un rastro, un olor a menta.
Cuando salía, la luna lo perseguía por las calles azules de la ciudad de la furia. Buscaba el fuego en el otro bolsillo, el cigarrillo siempre iba durmiendo en su oreja. Matías pensaba que tal vez esa noche sería diferente, que cuando mirase al cielo, como el ritual de cada noche, encontraría algo más. Verlas sin saber si viven o mueren, lo ponía de mal humor.
Era 23 de septiembre. Se sentó cerca del árbol. Aquel al que solía trepar de chico, pensando que algún día podría rozar las estrellas con la punta del índice. Toda la fantasía de ser un niño volaba alrededor suyo y terminaba condensada en el aire. De pronto escuchó unos pasos, no quiso voltear. Imaginó una melodía hermosa con el ritmo de aquellos pasos que crujían en tonos naranjas, cada vez más fuerte y de repente un silencio de redonda y una chica sentada a su lado. Tenía el cabello largo y de mil atardeceres, la piel de porcelana y sus ojos eran la noche más brillante para cualquiera que cayera atrapado en ellos.
Cuando salía, la luna lo perseguía por las calles azules de la ciudad de la furia. Buscaba el fuego en el otro bolsillo, el cigarrillo siempre iba durmiendo en su oreja. Matías pensaba que tal vez esa noche sería diferente, que cuando mirase al cielo, como el ritual de cada noche, encontraría algo más. Verlas sin saber si viven o mueren, lo ponía de mal humor.
Era 23 de septiembre. Se sentó cerca del árbol. Aquel al que solía trepar de chico, pensando que algún día podría rozar las estrellas con la punta del índice. Toda la fantasía de ser un niño volaba alrededor suyo y terminaba condensada en el aire. De pronto escuchó unos pasos, no quiso voltear. Imaginó una melodía hermosa con el ritmo de aquellos pasos que crujían en tonos naranjas, cada vez más fuerte y de repente un silencio de redonda y una chica sentada a su lado. Tenía el cabello largo y de mil atardeceres, la piel de porcelana y sus ojos eran la noche más brillante para cualquiera que cayera atrapado en ellos.
Cigarros con el chino - Camila Castañeda
El chino me dijo “Vamos, te invito un cigarro.” Con su cara de perdido, nostálgico, serio, pero con esa pizca de felicidad que lo caracteriza.
Jamás hubiera podido rechazar esa propuesta y mucho menos rechazársela a él.
Entonces, busqué mis llaves, una bufanda, porque el viento nos quería llevar consigo, y salimos.
Caminamos, cruzamos el parque, y llegamos a la bodega.
“Me da dos cigarros por favor.”
“Oye, no se suponía que ya no fumabas, chino?”
“ Es que no puedo, ahorita es mi examen y si no entro esta vez, mis
papás me van a botar.”
“¡Ay chino! Pero es injusto, si lo que tú quieres es estudiar historia
y la rompes…Yo en tu lugar me escaparía, no sé, haría cualquier
cosa…”
“Es fácil decirlo, chata”
Estábamos sentados en un murito, al lado de la bodega, terminamos nuestros cigarros casi al mismo tiempo. El cielo estaba muy gris y eso me daba más ganas de molestarlo.
“¡Chino samurái!”
“Chata, me gustaría vivir en Lima…Odio Chaclacayo.
Odio tener que levantarme a las cinco de la mañana,
tomar tres combis…”
“¿Y ya no te vas a mudar?”
“No, mis papás ya no quieren, es porque no me tienen confianza…
¿Oye, otro cigarro?”
Le sonreí y el chino entendió.
“Ahora sí, Montana nomás, porque esto es para mi pasaje…”
Jamás hubiera podido rechazar esa propuesta y mucho menos rechazársela a él.
Entonces, busqué mis llaves, una bufanda, porque el viento nos quería llevar consigo, y salimos.
Caminamos, cruzamos el parque, y llegamos a la bodega.
“Me da dos cigarros por favor.”
“Oye, no se suponía que ya no fumabas, chino?”
“ Es que no puedo, ahorita es mi examen y si no entro esta vez, mis
papás me van a botar.”
“¡Ay chino! Pero es injusto, si lo que tú quieres es estudiar historia
y la rompes…Yo en tu lugar me escaparía, no sé, haría cualquier
cosa…”
“Es fácil decirlo, chata”
Estábamos sentados en un murito, al lado de la bodega, terminamos nuestros cigarros casi al mismo tiempo. El cielo estaba muy gris y eso me daba más ganas de molestarlo.
“¡Chino samurái!”
“Chata, me gustaría vivir en Lima…Odio Chaclacayo.
Odio tener que levantarme a las cinco de la mañana,
tomar tres combis…”
“¿Y ya no te vas a mudar?”
“No, mis papás ya no quieren, es porque no me tienen confianza…
¿Oye, otro cigarro?”
Le sonreí y el chino entendió.
“Ahora sí, Montana nomás, porque esto es para mi pasaje…”
Sistema once - Camila Castañeda
No llega. Llega tarde.
Me preocupo, crecen serpientes en mí.
La duda me come, me lleva consigo.
Y aquí sigo, ahogada en tensión.
Todos son fantasmas,
mientras pueda verlos suelen ser amables.
Luego desaparecen y puedo pasar a través de ellos,
puedo gritar en la oscuridad.
Y sólo el miedo me va escuchar.
Me preocupo, crecen serpientes en mí.
La duda me come, me lleva consigo.
Y aquí sigo, ahogada en tensión.
Todos son fantasmas,
mientras pueda verlos suelen ser amables.
Luego desaparecen y puedo pasar a través de ellos,
puedo gritar en la oscuridad.
Y sólo el miedo me va escuchar.
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